domingo, 31 de diciembre de 2017
Tan lejos como Alejandría
Y ahora todo parece un sueño lejano. Un sueño imposible. Ayer queda tan lejos como Melbourne. O como Alejandría. Ayer se difumina en un humo blanco transparente que se va por la ventana huyendo de mi cráneo. Que volátil es la vida, la experiencia. El acto de ayer se queda impreso en una página caduca que alguien tiró al contenedor de residuos orgánicos. Que horror el de mi felicidad etérea, que poco se deja tocar, para luego huir y esconderse en un rincón oscuro de mi conciencia. Qué luz más brillante pueden contener mis retinas y que larga sombra luego sobreviene, oscureciendo mis ojos en la incertidumbre. ¿Volveré realmente a la alegría? ¿Podré observar de nuevo por el ojo de la cerradura de la puerta que lleva al firmamento? Ayer queda tan lejos como Yakarta. O como Mesopotamia. Y solo queda este gris hoy, que se empeña en quedarse.
sábado, 30 de diciembre de 2017
Juego entre dos mundos
Tras hablar desde el miércoles y juguetear con posibilidades eróticas. Llegó el viernes, con diez negritos, tinto, pizza de queso, y noche por delante. Terminaron colchones por el suelo en el barrio del pilar, y cada uno de los tres durmió como pudo. Cuando la claridad entraba por la ventana tiraste de mi sábana. Me saludaste y te saludé. Poco después viniste a echarte conmigo, y olerte el pelo fue como llegar a un hogar olvidado durante largo tiempo, posé mis brazos sobre ti explorando tu cuerpo con ansia. Te agarré del culo. Luego comenzó un juego al escondite bajo la sábana. En el mundo exterior sonaba un ukelele y conversaciones, en el mundo bajo la sábana buscaste mi sexo, lo buscaste y comenzaste a acariciarlo, primero por encima del pijama, y luego lo agarraste directamente. Parecía yo una lámpara maravillosa a punto de desatar al genio de tu deseo. Tuve que apartarte la mano varias veces para no explotar en aquella situación. Luego fui yo el que buscó con ansia tu sexo, y lo encontré húmedo, accesible, como una puerta abierta para mi, en la que acaricié los labios y suavemente me introduje. En la segunda de las veces estuviste a punto de reventar y me apartaste la mano, con un grito en el exterior. Fascinado asistí a la visión conjunta de dos mundos relacionados, donde jugabas a placer entre los dos, creando consecuencias indirectas entre uno y otro mundo. Cuando sólo quedó un mundo y nos quedamos solos al ritmo de una ducha en el pasillo, me mostraste tu sexo bajándote el pijama y subiéndotelo de nuevo. Y demandaste el mío, para probarlo con los labios. Mientras yo te acariciaba los pechos pequeños. Luego una despedida a tres. Tú te ibas de viaje unos días para celebrar el año nuevo en tu tierra. Después en tus mensajes me decías medio en broma, medio en serio, que la tenía demasiado grande. Que de las ocho pollas que habías visto la mía era la más grande, y la bautizaste como goliat, repitiendo que no podría entrar en tu sexo, que no podría.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Llenar el vacío de un cuenco con vacío
Y en el subir la montaña, rabioso, encuentro un motivo, una meta en el mismo acto de deshacerme en el sufrimiento. Subo, y el mundo queda abajo, difuso, bajo un manto acolchado de nubes. La vida parece así preciosa, dejando todo el dolor abajo mientras encuentro un dolor alimenticio que me nutre de latidos. Pero cuando me doy de bruces con la metáfora de una huida en la subida, de un escaparme del espejo que el mundo me pone delante de mi rostro, cuando me descubro refugiándome de mi propio sentir, cuando mis ojos se posan en el fondo de mis ojos y soy capaz de sincerar la mirada, me rompo en pedazos, me deshago, me desbarato en un miedo denso y oscuro que se derrama por el suelo. Vienen a mi mente otras huidas que deseché hace mucho tiempo, surcan el cielo de mi cabeza como cuchillos que tratan de anclarse en una tierra estéril. Vaciarme, llenarme, vaciarme. No una vida, una taza rota; no un cuerpo, un cuenco.
domingo, 24 de diciembre de 2017
Refugios
Me refugiaré en el hábito doloroso de levantarme temprano. En el comer lo que debo sin tener hambre. Me refugiaré en en mantener las cosas ordenadas y limpias. Me refugiaré en el vestirme y ducharme para sentirme persona. Me refugiaré en las vidas que otros cuentan en los libros. Me refugiaré en los trazos inseguros de mis dibujos. Me refugiaré en el dolor roto y fragmentado que me inspira la poesía. Me refugiaré en el cariño absoluto y sincero de mis gatos. Me refugiaré en el silencio que me inspiran los remolinos etéreos del incienso. Me refugiaré en la acción y en el sudor del esfuerzo de mis tendones y músculos. Me refugiaré en la risa y en las palabras de las conversaciones insípidas. Me refugiaré en el trabajo diario de cuidar a otros sin esperar nada a cambio. Me refugiaré tras la máscara de alguien quien no soy porque así duele menos que no estés. Me refugiaré en olvidar lo que a veces muestras. Me esconderé de tus juegos, porque son solo juegos para olvidar a otro. Me esforzaré rabioso en olvidarte, en olvidar este dolor que me provoco trayéndote una y otra vez, olvidando a mi animal.
Soledad sobre mis hombros
No es tanta soledad. Solo es una, la mía. Se me cuelga de los hombros como una bufanda hecha a medida y con ella camino. Me envenena el tiempo lentamente, es agradable sentir la muerte a sorbitos, tan cerca. Podría abandonarme cada vez que suena el despertador, dejar que crezca el silencio mientras cierro los ojos de nuevo. Conozco la sensación porque ya he estado aquí muchas veces y me reservan habitación en la desidia. Pero no es tanta soledad. Solo es la mía, y a nadie le importa que me acurruque y susurre un futurismo improbable. A nadie ha de importar lo que suceda en el surco que se abre en la llaga de la llaga. La herida se abre como se abren las puertas largamente cerradas. Un lamento metálico y desigual, avisando de que alguien está a punto de comenzar un viaje sin retorno, sin despedidas ni lágrimas. Pero, repito, no es tanta soledad. Un frustrado hábito de encontrarme entre la hiedra, un revivir el gusto de la bilis cayendo sobre mi vacío. Sólo eso.
sábado, 2 de diciembre de 2017
Calcinamiento vital
Por qué no puedo ser yo. Por qué me abandono siempre al final. Me disecciono y parto por la mitad, me dejo avasallar por las circunstancias. Me dejo violar una y otra vez por el arrebato que me quema por dentro. Un fuego que se me hace sombra y se levanta para mirarme a los ojos y destruirme. ¿Soy esto? ¿Esto? Y debo responderme que sí, obviamente. Mi yo es nada, como la nada es nada. Mi yo amordazado, silenciado. Y el silencio de mi yo es la muerte de mi persona. Mi muerte absoluta y vital. ¿Donde queda mi centro? ¿Donde me sitúo? Qué me transforma es esta quietud, en este miedo visceral que se me va comiendo por dentro.
viernes, 1 de diciembre de 2017
Hablar con las manos
El gesto íntimo. Sutil. Acariciar nuestras manos es decir encuentro, en susurros. Me dejé convencer para ir a una situación social indeseable, un baile de máscaras. Sonrisas, palabras, otros gestos se deslizaban en el ambiente como lo hacen los depredadores en el día de la gula. El narcótico atravesaba las carreteras de carne que llevaban a nuestros hígados mientras sedaba todo a su paso. El vino blanco, el tinto. Lanzamiento de pan. Todo acabó y tu estabas a mi lado. Tú estabas conmigo. Ambos con nuestros zarpazos, pero juntos. Hablamos del odio al padre, de la ira. Nosotros hijos de la ira. Y nuestras manos se unieron. Tus caricias como si tus dedos hiciesen el amor con mis manos. Y luego tu abrazo y tu correr por el frío. Tiempo después, aún sentía tus dedos sobre mí, como si a mis manos les hubiesen nacido unos ojos y tuviesen ahora la capacidad de recordarte, de traer tu tacto cálido hacia mi constantemente. ¿Cómo es posible que puedan los dedos hablar? ¿Cómo pueden las manos recordar un lenguaje tan extinto?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
