Semanas de frío dan paso al manto blanco que ahora cubre estas tierras.
Visito, como un extraño, la habitación donde me recluí años enteros, ya fuera estudiando, dibujando, leyendo, escribiendo, masturbándome, o soñando. Siempre fué un simple lugar de paso, como los asientos en las estaciones de autobuses, lugares a los que al final terminas cogiendo cariño por su prolongada presencia. Las paredes aún conservan libros y objetos que algún día me llevaré a otro lugar. Esperan su turno, pacientes, en esta habitación helada en la que el tiempo parece congelarse y en la que ya no habitan relojes. Todos los objetos van despertando mi memoria, abren tapas y puertas que andaban cerradas, ofrecen un halo de luz en rincones que habían quedado oscuros. Mi olor ha desaparecido de estas paredes y ha quedado suplantado por un vacío divino y aséptica gelidez. Los huecos quedan llenos de ecos sordos, enanos silenciosos y velados recuerdos.
Mis padres van pareciéndose a los extranjeros que oigo hablar cuando visito otros países. Cada vez se alejan más de lo que soy. Yo lo sé y ellos lo saben. Cada vez que vengo a verlos descubro nuevas arrugas en sus frentes, más canas, más vidrio en sus ojos, más palabras y hechos desconocidos. Pero en realidad soy yo el extranjero. El raro, el que les saca de quicio por no parecerse a ellos. Me pregunto si este afecto, este cariño que les tengo, es real. Me pregunto si lo que me hace volver aquí, de vez en cuando, es ese amor. Volver y evitar conversaciones, refugiarme en este cuarto, escaparme de una habitación a otra para estar solo. Solo. Apenas aguanto unas horas y ya toda mi sangre, todas mis células, piden a gritos peregrinar a la soledad. Después, cuando me voy siento un alivio áspero, queda un sentimiento amargo pegado al velo del paladar y al techo de los pulmones. Un preguntarme qué me hace volver a este frío.
domingo, 14 de diciembre de 2008
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