sábado, 27 de junio de 2009
ciertos espejos mudos
Es cierto que ahora siempre ando quejándome y vestido de un ceño fruncido asido al rostro. Supongo que ya sólo cuento los días, los meses, para irme de ésta gruta. Yo no sé por quien sería excavada en éste rincón de piedra literario, ignoro quién le puso el nombre en éste otro lado del Madrid antigüo. A mi ya me parece demasiado sobado. Lamido y relamido. Ando loco por clavar mis ojos en el sol que existe fuera de estas sombras. Aún, apesar del lamento, me alimento de las palabras y ecos de las calles circundantes. Aquí y allá gente sudando, más ahora que ya dieron el verano en punto y ya avanza la manecilla hacia el ecuador del agosto, gente caminante, extranjeros que miran y retratan digitalmente los monumentos, niños con bolsas o sin ellas, escenas de ventura irreal, y sobretodo esperpento. Campan borrachos y adictos a brebajes aún más terribles. No hace falta que la noche los cobije, apuran los mediodías tirados por ahí, mirando o durmiendo, algunos son poetas sin tinta, otros sabandijas que se beben tinta a raudales. El esperpento, aquel de Valle-Inclán, aquel de Bohemia y sus luces, aquel que podía verse y puede en el callejón del gato. Yo a veces, tras la retirada, utilizo el puente colgante que significa la calle del gato, o Álvarez Gato, para llegar a mi cueva. Por allí, un lugar siempre ensombrecido, echo una mirada rápida a los espejos, a las realidades que se esconden en ellos. No se vé nada del otro mundo, se ven las mismas deformidades que a éste lado de la realidad, sin duda. El esperpento es el que puede verse a dirario en los rostros de esas gentes que pueblan las calles. Son sus rostros poemas y espejos deformantes. Los tristes viejos que pasito a pasito andaron kilómetros de lágrimas. Los ladrones de la calle magdalena. Los pocilgosos fiesteros que dejan su hedor en las esquinas de la calle león o huertas cuán urinario público sin cadena.
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