sábado, 11 de noviembre de 2017

Sin adiós

Al final el silencio se ha quedado a vivir conmigo. Nos levantamos juntos, desayunamos juntos y no hablamos. Las palabras se amordazan bajo una nube de polvo y saliva. Los ruidos de la casa suenan más secos y su eco retumba en mis oidos como mariposas de metal. Aunque yo no me diese cuenta, el silencio ya vivía aquí antes. Se agazapaba bajo todas nuestras conversaciones y extendía su larga sombra por encima de nuestros cuerpos. Hizo que me olvidase de tu tacto, de tu olor y del sendero que antes me llevaba hacia tí. Y ahora recojo la casa, mordisqueo la comida y antes de irme le doy un beso al silencio. Durante todas estas semanas en el sonido del reloj sonaba un adios constante, más estruendoso que el ladrido de los perros del vecino. Había adioses en el poso del café, en los objetos que iban dejando su hueco, y en el humo de nuestras palabras. Pero cuando te fuiste no hubo adios alguno. Solo un rastro triste del perfume que llevaste en estos últimos meses. Y ahora, cuando vuelvo del trabajo recibo el saludo de los gatos, ceno algo suave y cuando me meto en la cama me espera el silencio.

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